Para el 4 de marzo ya han transcurrido seis largos días desde el terremoto que azoló la costa de Chile central, los habitantes más afectados, aquellos ubicados en las distintas zonas totalmente devastadas, aún están como en una gran pesadilla de la que no pueden despertar.
Dichato es uno de esos lugares, la parte baja del pueblo muestra su paisaje de destrucción, muerte y dolor, si sobre todo dolor, de ese que envuelve todo, que atonta y no deja respirar bien. En la parte alta, están aquellas casas que se libraron del tsunami, pero que evidencian los estertores del gran sismo; y al final de aquella calle larga, en la nada misma, en la punta del cerro, están los pedazos de muchas vidas que juntas tratan de levantarse, sin saber cómo hacerlo, ni donde, solo están, pero están de pie. Al recorrer este campamento que ellos llaman “Nuevo Amanecer”, nombre que es un grito del alma que significa que si creen en sí mismos y en las muchas manos extendidas que les ofrecen ayuda, uno comprende que cada rostro, cada familia, constituye una parte de un cuadro que junto con quebrar el corazón, anima y estimula las fibras de la solidaridad, el amor y la esperanza. El nombre del campamento es un nombre de esperanza, no para mañana sino para hoy.
Al caminar entre techos de nylon, latas apuntaladas y una que otra carpa, alguien pregunta –¿“anda algún médico para que le vea el dedo a un joven, porque le duele mucho”?- , vamos al lugar donde está el sujeto, sentado en una silla rescatada de lo poco que dejó el mar y lo vemos con sus muecas de dolor, le ofrecemos volver con la ayuda necesaria y le decimos que al regreso lo ubicaremos, pero que nos diga por quien tenemos que preguntar, y él responde –“por Pancho Malo,….. pero con todo lo que nos ha pasado creo que tendré que llamarme Pancho Bueno”-, nos sonreímos, pero comprendemos la sinceridad de sus palabras. Al rato volvemos para cumplir la promesa, y nuestro buen amigo enfermero Samuel Villalobos procede a tratarle su herida, no hay muchos implementos, Pancho aprieta los dientes y soporta el dolor, para luego sentir el alivio del tratamiento y curación de la que es objeto. Agradecido se despide de todos, con una hermosa sonrisa, que quiere confirmar su gran anhelo que el cambio de apodo signifique un cambio desde el interior.
Una semana después, en una de las visitas de apoyo al campamento “Nuevo Amanecer” nos encontramos con Pancho caminando, vamos a su encuentro y lo saludamos con cariño, su hermosa y sincera sonrisa es acompañada con expresiones de gratitud porque su herida está bastante mejor, luego le preguntamos “-bueno, como va lo del apodo, ¿Pancho Bueno o Pancho Malo?”-, su respuesta es categórica –“¡Pancho Bueno!”-, con un abrazo sincero y mucha alegría en nuestro interior nos despedimos. El sigue en el campamento, con su propia esperanza, pero no puede avanzar solo, necesita de nuestras oraciones y de nuestras manos, y desde luego de las tuyas.
Alberto Villegas Pedreros
Director General




